Puerto de Toses al amanecer

Salí temprano, todavía con la luz indecisa que deja el día antes de nacer del todo. La carretera hacia el Pirineo estaba casi vacía y la moto parecía avanzar sin esfuerzo, como si también ella agradeciera ese silencio de primera hora.
Subiendo hacia Toses el aire cambió. Se volvió más frío, más limpio, con ese olor de hierba húmeda y piedra que sólo aparece en la montaña cuando nadie la ha tocado todavía. En algunos tramos reduje sin necesidad. No porque la carretera lo pidiera, sino porque el paisaje obligaba a mirar más despacio.
Hubo un momento en el que me detuve en un pequeño apartadero. Abajo quedaban los pliegues del valle, todavía medio dormidos, y delante se encendían las primeras luces sobre las laderas.
No pasó nada extraordinario. Ningún gran pensamiento, ninguna revelación.
Sólo esa sensación sencilla de estar exactamente donde debía estar.
A veces la ruta no consiste en llegar a un sitio. Consiste en dejar que el ruido se vaya quedando atrás curva a curva.
La bajada fue distinta. Ya con el sol alto, con algo más de tráfico y con la sensación de haber recogido algo difícil de explicar.
Como si el viaje hubiera sido breve por fuera, pero largo por dentro.